Del cuello, hasta el sexo
pulso y escalpelo recorren tu silencio.
Apalanco en mis manos tus costillas
hasta mostrarte como granada en primavera.
Mi saliva sedienta escurre hacia tu pecho
y se confunde con tu rojez aún cálida,
lo se, la siento; por poco se te escapó un latido
a mí apenas me traicionó un jadeo.
Pero con dedos firmes, casi tiernos
buceo en el laberinto húmedas maravillas
para encontrarme con un manjar tras otro:
desde el espasmo aterrado de tu vientre,
hasta el grito apresado en la garganta.
Y, para el final, (no podía ser de otra manera)
tu corazón marinado en vida con paciencia
hasta el punto perfecto,
en que lleva mi nombre.
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